Verano en Dos Mundos
- Darcie Khanukayev
- 30 jul
- 3 Min. de lectura
El verano siempre ha sido una estación de contrastes, pero nunca lo he sentido tanto como al reflexionar sobre la vida entre mi ciudad natal en California y mi hogar actual aquí en España. Aunque los paisajes, tradiciones e idiomas sean distintos, hay un ritmo inconfundible en el verano que atraviesa culturas: un ritmo que celebra la comunidad, la conexión y la alegría sencilla de mantenerse fresco.

Crecí en un pequeño pueblo de California, donde los veranos eran abrasadores. Las temperaturas fácilmente superaban los 40°C, pero teníamos nuestra vía de escapeEl verano siempre ha sido una estación de contrastes, pero nunca lo he sentido tanto como al reflexionar sobre la vida entre mi ciudad natal en California y mi hogar actual aquí en España. Aunque los paisajes, tradiciones e idiomas sean distintos, hay un ritmo inconfundible en el verano que atraviesa culturas: un ritmo que celebra la comunidad, la conexión y la alegría sencilla de mantenerse fresco.
Crecí en un pequeño pueblo de California, donde los veranos eran abrasadores. Las temperaturas fácilmente superaban los 40°C, pero teníamos nuestra vía de escape: el río Owens. Con las majestuosas montañas de Sierra Nevada alzándose sobre el valle, cogíamos nuestros flotadores hinchables y descendíamos perezosamente por el río. Siempre me parecía irónico: sudábamos bajo un sol implacable, pero el agua del río venía directamente del deshielo, a pocos kilómetros de distancia. Después de flotar durante dos horas, salíamos tiritando, con los labios azulados, a pesar del calor del desierto. Recuerdo lo delicioso que era tumbarnos en la orilla, dejando que el sol nos calentara poco a poco mientras reíamos y compartíamos algo de picar.: el río Owens. Con las majestuosas montañas de Sierra Nevada alzándose sobre el valle, cogíamos nuestros flotadores hinchables y descendíamos perezosamente por el río. Siempre me parecía irónico: sudábamos bajo un sol implacable, pero el agua del río venía directamente del deshielo, a pocos kilómetros de distancia. Después de flotar durante dos horas, salíamos tiritando, con los labios azulados, a pesar del calor del desierto. Recuerdo lo delicioso que era tumbarnos en la orilla, dejando que el sol nos calentara poco a poco mientras reíamos y compartíamos algo de picar.
Por las tardes, la vida en nuestro pueblo cambiaba de ritmo. Nos reuníamos en los parques locales para ver partidos de béisbol, las familias extendían sus mantas de picnic y los niños corrían por el césped. El calor agobiante empezaba a disiparse cuando el sol dorado se escondía detrás de las montañas, tiñendo el cielo de colores vibrantes. Era un momento para reír, jugar y compartir, aprovechando esas horas más frescas antes de ir a dormir.
Ahora, viviendo en Valencia, España, veo ecos de ese mismo espíritu veraniego —aunque se exprese de otra manera. Aquí, la tradición no son los descensos en el río ni los partidos de béisbol, sino las reuniones vespertinas en el corazón de las plazas y calles estrechas del Casco Antiguo. Me encanta pasear por el pueblo cuando cae la tarde y el calor empieza a aflojar.
La gente se sienta delante de sus casas, en sillas que sacan a la acera. Lo llaman «prender la fresca», que en valenciano significa “tomar el fresco”. Juegan a las cartas o al ajedrez, charlan y se ríen; los niños juegan al pilla-pilla o al fútbol. Es un ritual precioso: esperar a que pase el calor sofocante para salir, socializar y reconectar.
En ambas culturas hay un entendimiento compartido: al mediodía, en verano, hay que resguardarse del sol, descansar y recargar fuerzas. Pero cuando el día se enfría, la vida se traslada al exterior. Las noches son para la gente: para contar historias con una bebida fría, para jugar bajo un cielo en tonos pastel, para disfrutar de esos momentos simples de alegría.
El verano, tanto en California como en Valencia, es más que una estación: es un recordatorio de que hay que bajar el ritmo, encontrar alegría en las pequeñas cosas y saborear los momentos que nos unen.
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