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Espera… ¿eso es español? | Acentos y aprendizaje real en Xàtiva

  • Foto del escritor: Darcie Khanukayev
    Darcie Khanukayev
  • 3 may
  • 3 Min. de lectura

El día amaneció luminoso y precioso. No era festivo, ni viernes previo a festivo, ni lunes posterior. No llovía ni hacía un calor insoportable. Era justo antes de la temporada de comuniones, después de Semana Santa, y, de momento, ningún obrero se había dado de baja ni lesionado. Estaba emocionada. Después de meses de aguantar excusas de ,“ya, pero…”, por fin iban a rehacer mi terraza.

Torre de la Giralda y Catedral de Sevilla en España durante una experiencia de inmersión lingüística
Sevilla — donde me enamoré del español por primera vez… antes de aprender cuántas maneras hay de hablarlo.

Manué y Antoñito llegaron con energía y ganas de trabajar. Hablamos sobre mover las plantas, traer agua y organizar las herramientas —en español, por supuesto— y se pusieron manos a la obra.

Mientras raspaban, mezclaban, levantaban y cargaban, empecé a notar algún que otro murmullo incomprensible. De vez en cuando hablaban más alto, y mientras yo escuchaba discretamente (sin querer parecer cotilla), me di cuenta de que seguía sin entender prácticamente nada. Captaba alguna palabra suelta, pero no era valenciano, ni francés, ni portugués. ¿Gallego, quizá? ¿O catalán?

Ellos seguían charlando mientras trabajaban, y yo continuaba con mi pequeño intento de investigación lingüística. Sabía que no era árabe, ni ucraniano, ni neerlandés. Finalmente, cuando pararon a beber agua, me rendí y pregunté con naturalidad:

—Entonces… ¿de dónde sois?

Hubo un leve, casi imperceptible, gesto en la frente. Ese gesto que ya he aprendido a reconocer como el momento en que me delato como extranjera despistada. El mismo que aparece después de destrozar la gramática (como decir  que me gusta «el pulpo» en el zumo de naranja en vez de «la pulpa») o de meter la pata culturalmente (como proponer una excursión un sábado y que te respondan: “Pero… ¡son Fallas!”).

—De Andalucía —respondieron.

—¡Me encanta Andalucía! Sevilla, Granada, Córdoba —dije rápidamente, intentando arreglarlo—. ¿De qué ciudad?

—No de ciudad. De un pueblo pequeño, del campo. Pero llevamos 30 años viviendo en Valencia.

Terminaron la terraza y se fueron. Más tarde, sentada con una taza de té, admirando el suelo recién puesto, me vino a la mente Sevilla: la ciudad donde me enamoré de España por primera vez. Recordé aquel primer viaje. Mi español era mucho más limitado entonces, y sin embargo no recuerdo haber tenido dificultades para entender a la gente. También pensé en mis primeros viajes a Portugal, donde mantenía conversaciones enteras, yo con mi español titubeante y ellos en portugués; y, de alguna manera, nos entendíamos perfectamente.

Entonces, ¿por qué ahora, con un español mucho más sólido, me resultaba tan difícil entender el andaluz? Dicen que, a medida que desarrollamos un idioma, el cerebro deja de escuchar de forma amplia y empieza a hacerlo de forma más específica, afinándose a un ritmo, una pronunciación y una idea concreta de lo que es «correcto». Así que, cuando Manué y Antoñito hablaban, estaban fuera de la versión de español a la que yo me había acostumbrado.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo curioso: que, irónicamente, la fluidez había trazado fronteras donde antes solo había curiosidad. El día había empezado tan perfecto como terminó, pero quedaba un proyecto nuevo por construir: empezar de nuevo a volver a borrar esas fronteras.


¿Por qué el español puede sonar diferente según la región?

El español varía mucho según la región. Acentos como el andaluz cambian la pronunciación, el ritmo y algunas terminaciones, lo que puede dificultar la comprensión incluso a estudiantes avanzados.


¿Qué ocurrió en esta experiencia real de aprendizaje en Xàtiva?

Mientras los trabajadores hablaban en acento andaluz, la conversación resultaba difícil de entender. A pesar de tener buen nivel, el acento desconocido creó confusión y curiosidad.


¿Por qué los estudiantes avanzados a veces entienden menos?

Al mejorar, el cerebro se acostumbra a una forma concreta del idioma. Esto puede hacer que otros acentos resulten más difíciles que cuando el aprendizaje era más flexible.


¿Cómo ayuda la inmersión real al aprendizaje de idiomas?

La inmersión expone a distintos acentos, ritmos y expresiones. Mejora la comprensión auditiva, la adaptación y la confianza en situaciones reales.


¿Cuál es la clave para seguir avanzando en un idioma?

La curiosidad. Mantener una mente abierta permite adaptarse a nuevas formas de hablar y seguir creciendo en el idioma.





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