La comunicación es conexión (no perfección)
- Darcie Khanukayev
- 5 ene
- 2 Min. de lectura
Recuerdo mi primer zumo de naranja valenciana. Era espeso, dulce… como un rayo de sol en un vaso. Desde entonces, me enganché.
Una mañana, mientras lo preparaba, mi amigo Xavi me miraba con curiosidad mientras exprimía la naranja — con pulpa y todo — directamente en el vaso.

—¿En California todo el mundo lo toma así?, me preguntó.
—No, —me reí—. La mayoría solo toma el zumo. Pero a mí me encanta también con la pulpa.
En su cara apareció un destello de horror. Solo un instante. Luego se recompuso rápidamente. «Un poco exagerado», pensé. Pero recuerdo perfectamente esa mirada. Esos momentos en los que estoy metida en una conversación, hablando con soltura, y de repente… algo en el aire cambia. Como un pequeño shock no dicho.
En España no se corrige el español de los demás —se considera de mala educación— pero de vez en cuando… su cara lo delata. En esos momentos, rebobino mentalmente, repaso la frase y normalmente lo encuentro: un fallo de género. Cambio el sustantivo de masculino a femenino, o al revés. Fácil, ¿no? Excepto que… en inglés las cosas no tienen género. Las chicas son “she”, los chicos “he”, y todo lo demás es simplemente… “it”. Pero en español… todo —las sillas, las ideas, los libros, los sentimientos— es chico o chica.
Y sí, ahí estaba el error. Le había dicho a Xavi que me gusta el pulpo en mi zumo —en vez de pulpa. Nos reímos, claro, cuando lo aclaramos. Le aseguré que no había marisco en mi cítrico.
Este tipo de error solía paralizarme. Me congelaba a mitad de frase, intentando conjugar mentalmente diez tiempos verbales y cuadrar quince terminaciones distintas. Pero en algún momento del camino —quizás mientras compraba tomates en un tiempo verbal incorrecto, o confundía “casado” con “cansado”— dejé de buscar la perfección. Y empecé a buscar la conexión.
Eso es lo que nadie te dice cuando aprendes un idioma: puedes decir todas las palabras “correctas” y aún así no transmitir nada. O puedes decir palabras completamente equivocadas —y aun así ser comprendido, incluso acogido. En EE. UU., suavizamos los momentos incómodos con una sonrisa o una pregunta rápida para aclarar. En España, como nadie te corrige, tienes que estar muy atento a esa breve expresión de confusión facial… seguida de una sonrisa rápida. Dejemos que este año sea el inicio de una nueva actitud. Dejemos el miedo a sonar ridículos. Hablemos, aunque sea con errores. Escuchemos buscando el sentido, no los fallos. Porque digas pulpo o pulpa, si hablas desde el corazón —alguien captará la esencia.




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